miércoles, 12 de junio de 2019

Sonrisas y lágrimas


A veces me pregunto qué atractivo ven a su actividad esta gente que sale a andar en bici un domingo por la mañana y se suben un puerto “rompepiernas”, o la gente que sale a correr, se mete una kilometrada épica y termina con la lengua fuera y agujetas para varios días. En el momento que están pedaleando con una pendiente del 20% o tienen las piernas destrozadas y van echando los pulmones por la boca tras un montón de kilómetros detrás, ¿están disfrutando de lo que están haciendo? ¿por qué lo hacen si no cobran por ello cuando les está provocando claramente un sufrimiento?
Algo parecido pasa con la pintura. Es una necesidad, la echo mucho de menos cuando estoy varios días sin ponerme a ello, pero aunque lo necesito, es duro, y a veces incluso da más disgustos que alegrías. Y es que pintar es duro. Enfrentarse a un lienzo en blanco sin saber con certeza qué va a pasar en él es todo un reto. Durante las horas que se tarda en pintar el cuadro, se toman cientos o miles de decisiones, el dibujo inicial, cada mezcla, cada pincelada, cada barrido con la espátula es una decisión que puede ser acertada o equivocada, y en tal caso, más o menos difícil de subsanar. El desgaste mental es muy fuerte y se pasa mal, tienes un constante miedo a tomar una decisión equivocada que arruine varias horas de trabajo, no acertar con el color del cielo, con la composición, o cometer algún error de perspectiva, etc. Y más aún cuando mi forma de pintar se basa mucho en la intuición y en la improvisación.
A veces me acelero porque me puede el ansia de ver el resultado final, tengo que decirme a mí mismo “mantén la calma”. Hay situaciones en las que si empleo un recurso que funciona y el cuadro va viento en popa me entra una sensación parecida a un gol de mi equipo o a escuchar los primeros acordes de mi canción favorita en un concierto, incluso dan ganas de dar un salto y gritar “¡Vamos!”, me digo a mí mismo “¡Qué grande eres!”. Otras veces pasa lo contrario y me dan ganas de mandar el cuadro a la mierda –no es habitual, pero más de una vez he dejado algún cuadro sin terminar porque era un desastre y no tenía solución-. En esos casos me pongo de bastante mala leche, como ese corredor si se le sube el gemelo a 5 kilómetros de la meta o al ciclista si le entra la pájara y tiene que abandonar en mitad de la subida.
La gran satisfacción es la alegría que da cuando termino un cuadro y estoy satisfecho con el resultado, y como el arte no existiría si no hubiera espectadores, la ilusión que hace cuando veo que a la gente le gusta y sé que no me lo dicen por cumplir. Y ya cuando alguien me compra un cuadro ya es rizar el rizo, pero por desgracia es algo que no ocurre muy a menudo. Qué le vamos a hacer.
El problema es que la satisfacción nunca es plena, porque siempre pienso que tengo margen de mejora, me pongo a mirar cuadros míos cuando los expongo y no puedo evitar sacarles fallos, cosas que habría hecho de forma diferente… pero eso es lo que motiva a volver coger los trastos y pintar otro cuadro que mejore los anteriores. ¡Al ataque!


Un amigo que sabe bastante de pintura, me dijo tras ver este cuadro que he
pintado recientemente que tengo que calmarme. Me gusta como me quedó, pero es verdad que en él se ve locura, e incluso ansiedad. La ansiedad que tenía por llevar varias semanas sin pintar y no conseguir más que sacar el rato que me llevó hacer esto. También pienso que esa forma alocada de pintar es parte de mi identidad y que va con mi forma de ser, y aunque a veces tenga que saber controlarla, no voy a renunciar totalmente a ella.