A veces me pregunto qué atractivo ven a su actividad esta
gente que sale a andar en bici un domingo por la mañana y se suben un puerto “rompepiernas”,
o la gente que sale a correr, se mete una kilometrada épica y termina con la
lengua fuera y agujetas para varios días. En el momento que están pedaleando
con una pendiente del 20% o tienen las piernas destrozadas y van echando los
pulmones por la boca tras un montón de kilómetros detrás, ¿están disfrutando de
lo que están haciendo? ¿por qué lo hacen si no cobran por ello cuando les está
provocando claramente un sufrimiento?
Algo parecido pasa con la pintura. Es una necesidad, la echo
mucho de menos cuando estoy varios días sin ponerme a ello, pero aunque lo
necesito, es duro, y a veces incluso da más disgustos que alegrías. Y es que
pintar es duro. Enfrentarse a un lienzo en blanco sin saber con certeza qué va
a pasar en él es todo un reto. Durante las horas que se tarda en pintar el
cuadro, se toman cientos o miles de decisiones, el dibujo inicial, cada mezcla,
cada pincelada, cada barrido con la espátula es una decisión que puede ser
acertada o equivocada, y en tal caso, más o menos difícil de subsanar. El
desgaste mental es muy fuerte y se pasa mal, tienes un constante miedo a tomar
una decisión equivocada que arruine varias horas de trabajo, no acertar con el
color del cielo, con la composición, o cometer algún error de perspectiva, etc.
Y más aún cuando mi forma de pintar se basa mucho en la intuición y en la
improvisación.
A veces me acelero porque me puede el ansia de ver el
resultado final, tengo que decirme a mí mismo “mantén la calma”. Hay
situaciones en las que si empleo un recurso que funciona y el cuadro va viento
en popa me entra una sensación parecida a un gol de mi equipo o a escuchar los
primeros acordes de mi canción favorita en un concierto, incluso dan ganas de
dar un salto y gritar “¡Vamos!”, me digo a mí mismo “¡Qué grande eres!”. Otras
veces pasa lo contrario y me dan ganas de mandar el cuadro a la mierda –no es
habitual, pero más de una vez he dejado algún cuadro sin terminar porque era un
desastre y no tenía solución-. En esos casos me pongo de bastante mala leche,
como ese corredor si se le sube el gemelo a 5 kilómetros de la meta o al
ciclista si le entra la pájara y tiene que abandonar en mitad de la subida.
La gran satisfacción es la alegría que da cuando termino un
cuadro y estoy satisfecho con el resultado, y como el arte no existiría si no
hubiera espectadores, la ilusión que hace cuando veo que a la gente le gusta y
sé que no me lo dicen por cumplir. Y ya cuando alguien me compra un cuadro ya es
rizar el rizo, pero por desgracia es algo que no ocurre muy a menudo. Qué le
vamos a hacer.
El problema es que la satisfacción nunca es plena, porque
siempre pienso que tengo margen de mejora, me pongo a mirar cuadros míos cuando
los expongo y no puedo evitar sacarles fallos, cosas que habría hecho de forma
diferente… pero eso es lo que motiva a volver coger los trastos y pintar otro
cuadro que mejore los anteriores. ¡Al ataque!
Un amigo que sabe bastante de pintura, me dijo tras ver este cuadro que he
pintado recientemente que tengo que calmarme. Me gusta como me quedó, pero es verdad que en él se ve locura, e incluso ansiedad. La ansiedad que tenía por llevar varias semanas sin pintar y no conseguir más que sacar el rato que me llevó hacer esto. También pienso que esa forma alocada de pintar es parte de mi identidad y que va con mi forma de ser, y aunque a veces tenga que saber controlarla, no voy a renunciar totalmente a ella.

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